En escena, Rosal desnuda a los personajes, que devienen moldes, maniquíes, para presentar al espectador seres preculturales, siempre frágiles, en la cuerda floja, antes de conseguir ser alguien. Mostrar al ser humano suspendido, tembloroso. Desposeerlo de esa absurda seguridad que ha obtenido desesperadamente y presenciar gloriosamente sus probaturas, sus honestos fracasos. Darnos el gusto de observar con ternura todo lo que el ser humano ha añadido al alma, por interés del ego. Se trata de comprender realmente lo que es el silencio. Dejar morir la palabrería, reunirnos para esto y encontrarnos al fondo, todos, callados.